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La noche del 3 de marzo de 1996 José María Aznar y su Partido Popular no tenían mayoría para formar gobierno. Mientras delante de la sede de Génova se cantaba “Pujol, enano, habla castellano”, dentro se ponía en marcha una estrategia de negociación para conseguir el apoyo de la derecha nacionalista. Dos meses después Aznar sería investido presidente con el apoyo de CiU, PNV y Coalición Canaria. El PSOE de Felipe González votó en contra de esa investidura. Nadie se planteó entonces en el PSOE abstenerse para permitir gobernar a Aznar en el caso de que fracasasen sus negociaciones con los nacionalistas.

Veinte años después el bloque de derechas y de izquierdas se halla más repartido con dos nuevas formaciones, Ciudadanos y Podemos, pero en lo demás el escenario es similar: si Rajoy tuviese la confianza de la derecha nacionalista como tuvo Aznar, no necesitaría para nada al PSOE. Pero Rajoy no es de salir a sudar la camiseta y ganar uno a uno los apoyos que le faltan. Rajoy es más de que le regalen la presidencia. No importa que no tenga suficientes diputados, que casi el 70% del electorado haya optado por otras opciones políticas, que el PP esté inmerso en numerosos procesos judiciales por corrupción, que haya incumplido sus compromisos electorales o que sus políticas hayan sido dañinas y destructivas para tantas familias.

La democracia necesita alternancia entre proyectos políticos distintos. 5,5 millones de votantes socialistas apostaron por un gobierno del PSOE, no del PP. Utilizar esos votos para permitir la investidura de Rajoy sería un fraude político. No sólo eso: esa decisión socavaría los cimientos sobre los que se fundó el PSOE, mancharía la historia del partido, desmoralizaría a su militancia y comprometería el futuro de la formación a corto y medio plazo. No se puede pretender liderar la oposición a un gobierno que se ha formado con tu consentimiento como no se puede pretender abrir la puerta al ladrón y desentenderse de lo que suceda dentro de la casa.

A quien defiende que desde la oposición se puede controlar y condicionar la acción de gobierno habría que recordarle que con la excepción de Rajoy todos los presidentes de la democracia española han gobernado en minoría y todos se han visto sujetos a ese control. O que como su propio nombre indica es el ejecutivo quien ejecuta las leyes, quien redacta los reglamentos, quien realiza los nombramientos o quien asigna las prioridades de gasto. Y quien decide cuándo se disuelve el Parlamento y se convocan nuevas elecciones. Es decir, si Rajoy no es investido en octubre en diciembre habrá nuevas elecciones, pero si es investido habrá elecciones cuando más le convenga a él y al PP. ¿Cómo se puede hablar en esas condiciones de que el PSOE controlará y restringirá la acción de gobierno? Por favor. Más bien tendríamos un PSOE encadenado y con el chantaje permanente de una nueva convocatoria electoral donde tuviese que responder ante la ciudadanía por usar sus votos para investir a Mariano Rajoy.

El PSOE no es el ejército de reserva al que acude la derecha para ganar las batallas que el PP es incapaz de ganar por sí solo. El PSOE es un partido de izquierdas con un proyecto progresista para España, no el mamporrero de la élite política y económica de este país. Si en el PSOE queremos recuperar la confianza del electorado tenemos que ser coherentes y creíbles y ninguna de las dos cosas se conseguirán permitiendo gobernar al PP. Mejor un mal resultado en unas terceras elecciones en diciembre que rendirnos al Partido Popular y suicidar un partido con 137 años de historia.

José Antonio Garmón Fidalgo es abogado y militante socialista

Publicado en El Comercio el 18 de octubre de 2016

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Abogado y militante del PSOE de Gijón desde 1999. Inquieto. Crítico. Comprometido. Gran aficionado a la lectura. Padre y esposo.

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